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Cómo disfrutar de Ginebra en pleno invierno (¡y aunque haga frío!)

Sabemos que los viajes Waynabox gustan. Sólo hace falta ver la suma de viajeros aventureros que acumulamos cada fin de semana. Pero aún nos cercioramos más de esta realidad cuando abrimos el correo los lunes y nos encontramos distintos mails de wayners agradecidos. ¡No sabéis cómo nos animan vuestras palabras un lunes! De todos ellos, esta semana nos hizo especial ilusión el de Aina Gombau, quien se ofreció a relatarnos su aventura por Ginebra. ¡Ella es la prueba de que ni el frío la frena a viajar! Así fue la aventura de Aina, apasionada de los viajes y de la escritura. 

No sabéis cómo he disfrutado los días previos del viaje. El saberme de memoria la lista de los posibles destinos y buscar algo que hacer en cada uno de ellos… Todos tenían magia, todos tenían un je-ne-se-quoi… Y al final el ganador fue… ¡¡GINEBRA!!

Hace 4 años estuve en Ginebra esa misma semana. Era la tercera vez fuera de España de mi novio, Abel, y quería que fuera especial. Sabía qué quería ver y donde ir, y el resultado fue mejor de lo esperado. Antes de empezar, hay que decir que Ginebra es cara, pero la gente es muy agradable y formal. Puedes pagar con Euros en casi todas partes, aunque si te tienen que devolver cambio lo harán en su moneda, el Franco Suizo (CH). Hay muy poca diferencia con el euro, sólo de algunos céntimos. Dicho esto, os dejo mi viaje romántico de fin de semana waynaboxero.

VIERNES 13.01.17

Nuestro avión salía de Barcelona a las 6:35. Después de un gran madrugón, a las 9 de la mañana ya habíamos hecho el Chech-in, y en el hotel Ibis Geneve Petit Lancy nos tenían la habitación preparada. Dejamos las maletas, y cogimos el Tram 14, que nos dejó en 10 minutos en Bel-Air, en el centro.

Desde allí mis pies parecían tener memoria, y me llevaron por una pasarela con nieve virgen. Las primeras impresiones fueron de sorpresa. Por lo bien que nos iba todo, por lo silenciosa y tranquila que es esa gran ciudad, y por lo llevadero que resultaba el tan temido frío (siempre que no nevase, porque eso si que te cala hasta los huesos…).

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Llegamos al Jardín Inglés. Allí vimos el Jet d’eau, ¡por fin! ¡Primer símbolo de Ginebra que no nos podíamos perder! Tenía miedo de que estuviera apagado, ya que en invierno si las temperaturas son muy bajas lo cierran para que no se congele. Justo en una esquina del mismo jardín había el famoso reloj de flores. Lo vimos medio cubierto por la nieve, pero aún así se intuía bien.

Seguimos hacia la parte antigua de Ginebra. Pasamos por un callejón medio escondido, el Passage des Degrés-de-Paules, y llegamos justo detrás de la Cathedral de St.Pierre. Allí descubrimos una vista idílica de los tejados de Ginebra llenos de nieve, y aprovechamos para crear nuestro pequeño muñeco de nieve.

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Seguimos por delante de la Cathedral y recto hasta la Promenade de la Treille, desde donde vimos lo que nos pareció Ginebra entera, desde justo encima el Parc des Bastions. Bajamos al parque, en donde nos dimos el lujo de jugar una partida al ajedrez gigante que hay en la puerta, y seguimos hacia el Monument Internacional de la Reforma. No nos gusto especialmente, pero estaba en la lista para cumplir el WaynaReto, ¡así que no lo podíamos dejar pasar!

Esta vez sí que nos empezaba a calar el frio. Era el momento perfecto para parar a comer. Nos pareció todo carísimo, pero ya nos habían avisado, así que no miramos mucho el precio (era eso o acabar en el McDonalds!). Comiendo aprovechamos para releer la guía de Ginebra que nos había enviado waynabox, y nos llamó la atención el templo budista con las vistas de Ginebra.

Con la barriga llena y ansias de wifi, decidimos pasar por el hotel a preguntar en recepción como llegar, y nos dijo el chico que en media hora llegábamos… ¡¡MENTIRA!! Así pues, perdimos la tarde tontamente. Debimos coincidir con la hora en la que salían los niños del colegio, ya que cogimos todos los autobuses llenos, y acabamos gastando DOS HORAS para llegar al teleférico que te lleva al templo (y que cuesta 11€), con tan mala suerte que llegamos a las 17:02… ¡¡Y CERRABAN A LAS 17!! Los horarios y algo de información de cómo llegar fueron las dos cosas que echamos en falta de la súper guía de waynabox… De haberlo sabido quizás no nos hubiéramos arriesgado tanto. Empezaba a nevar, estaba oscuro, hacía frío y nos habíamos desanimado, así que hicimos lo mejor que puedes hacer en estos casos: Cenar e irte a dormir.

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SÁBADO 14.01.17

Este sí fue un día perfecto. Decidimos alquilar un coche hacia un pueblecito que me había robado el corazón hacia  años: Gruyéres. Nos dieron un Fiat Panda con tracción total (Abel disfruto mucho con eso), y a las 9:45 llegábamos al pueblo.

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Aun había zonas vírgenes por las que poder pisar y dejar huella e incluso hicimos angelitos en la nieve. Era súper romántico… Nos dirigimos al castillo, y justo antes de llegar hicimos una parada en el Museo de HRGiger. Abel es muy fan de las series de Alien, Predator y Species, así que nos pasamos casi dos horas dentro del museo (unos 25€ los dos… Bastante caro, pero nos dieron un descuento para el castillo, así que hacer las dos cosas acaba valiendo la pena). Por desgracia no se pueden hacer fotos… Pero hicimos una desde el balcón del museo a la puerta, por fuera.

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Al salir de allí, visitamos Le Chateau de Gruyéres (13CH los dos con el descuento de antes). Es inmenso por dentro, y ¡con unas vistas de las que quitan el hipo! La pena es que los jardines estaban cerrados en invierno… Quizás demasiado peligroso a causa de la nieve, y no se vería tan precioso con las huellas de los turistas. Sin ninguna duda, ¡vale la pena la visita!

Paramos a tomar un chocolate en el bar ambientado de HRGiger (de 5CH, que aunque parezca mucho, era lo más barato de toda la carta, ¡imaginaos!), y a las 12 nos íbamos de allí.

En la parte baja del pueblo también hay La Maison du Gruyére. //www.lamaisondugruyere.ch/accueil/ . Se trata de un museo donde te enseñan cómo se hace el queso y algunas curiosidades. Comimos una Fondue allí mismo, ¡¡no puedes ir a Suiza y no probarla!!

Finalmente dejamos el pueblo, y a las 2 llegábamos a Montreux. Solo había visto fotos del castillo, y el pueblo nos gusto nada más llegar, así que paramos a pasear al lado del lago antes de poner rumbo hacia lo conocido. ¡Nos sorprendió mucho!

Llegamos al castillo de Chillon. Por desgracia, se nos había echado el tiempo encima, y la entrada valía 12,5CH por persona. Habíamos buscado fotos del interior, y, aunque impresionante, nos recordó mucho al castillo de Gruyeres, así que nos conformamos con pasear alrededor, y os digo sinceramente, que hacía tiempo que no veía una panorámica tan PRECIOSA. El lago de Leman y las montañas blancas enmarcan un castillo de cuento de hadas.

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A las 15:30 poníamos rumbo a Lausanne. No sabíamos que había allí por ver, y no teníamos mucho tiempo, así que dimos una vuelta en coche, pero al no encontrar sitio para aparcar por el centro acabamos de nuevo en el paseo junto al lago. Era justo esa hora del día en que ves como desciende el sol, y pudimos fotografiar el reflejo del agua y las gaviotas que revoloteaban. Paseamos por todo el parque de Denantou y la Quoi de Belgique. Dentro del parque nos sorprendió encontrar un pequeñísimo templo Tailandés, con flores frescas y fotografías de su difunto rey en un altar, por el que todavía les quedan meses de duelo.

Vimos con pena como se ponía el sol. Todavía nos quedaba el viaje de regreso a ginebra, y queríamos parar a Nyon, del que tantísimo habíamos oído hablar. Desgraciadamente, todo el país está muy poco iluminado por la noche, así que no valía la pena… ¡Me quede con muchas ganas de verlo a la luz del día!

DOMINGO 15.01.17

El último día nos dimos el gusto de dormir un poco más. A las 9 bajábamos a desayunar en el buffet del hotel (¡con el descuento del 50% por viajar con waynabox, vale la pena!).

Hicimos ya el Check-out y dejamos las maletas en la consigna. A las 10 llegábamos al centro… ¡Hacia un día precioso! La nieve se había deshecho en algunos puntos, y el sol brillaba como nunca, así que decidimos andar otra vez por el centro antiguo de Ginebra.

Al llegar a la Cathedral de St.Pierre, nos planteamos subir al campanario. Valía 5CH (¡que no es nada caro!) pero yo recordaba el paisaje muy bien de la última vez, y decidimos no tentar la suerte con el vértigo de Abel, así que pasamos de largo.

Volvimos a pasar por la Promenade de la Treille, y el Parc des Bastions. Justo detrás, en la Plaine de Plainpalais se hace cada domingo el mercadillo. Nos imaginábamos muchos tenderetes cukis y mucha gente, pero sinceramente fue bastante cutre, no vale mucho la pena. Lo vimos rápido y cogimos el Tram n.15 desde allí mismo en dirección Nations.  El plan era ir directos a la ONU, pero al pasar por encima de uno de los puentes nos encandilaron las vistas y decidimos parar a la primera parada que había (Simon-Goulart) y salir a pasear.

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Al cabo de un rato, volvimos a coger el Tram hasta llegar a nuestro destino: la ONU. La entrada valía 11CH, y aunque vale la pena verlo una vez en la vida, no me apetecía verlo dos. Recordaba de mi anterior visita el techo de una de las salas, diseñado por Miquel Barceló, pero considere que no me había gustado lo bastante como para repetir, así que nos hicimos la foto para el WaynaReto y andamos hacia el Jardín Botánico que había al lado. Seguía todo nevado, e incluso había los estancos helados. Entramos en todos los invernáculos, recreándonos en las distintas plantas (Abel es un enamorado de las plantas y la naturaleza).

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A las 14:45 salíamos de allí. Nos quedaban pocas horas en Ginebra, y habíamos hecho todo lo que queríamos hacer, así que improvisamos un plan: Compramos bocadillos para comer y subimos en un autobús que iba por el lado del lago (la línea E), y llegaba hasta Hermance-Village. ¡Qué sorpresa de sitio! Estaba a unos 10km de Ginebra. Por el camino vimos unas mansiones impresionantes, y viñedos nevados… ¡Fue como hacer una excursión con bus turístico!

A las 5 volvíamos a por las maletas, y nos fuimos ya hacia el aeropuerto. No tengo ninguna duda de que repetiré la experiencia, y ojalá pueda hacerlo pronto. Hasta entonces recordaré la nieve, el lago y los castillos de cuento de hadas.

Por Aina Gombau Maixé